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Para muchos, el nombre de Iztacalco evoca un paisaje florido de chinampas, un paseo
dominguero y un pueblo pintoresco. A otros tal vez les recuerde la resistencia de
los pueblos rurales del sureste de la ciudad a perder sus tierras y su identidad
frente a una ciudad voraz. Pero para la mayoría de los habitantes de nuestra urbe
significa una delegación más del Distrito Federal, altamente industrializada, con
sobrepoblación y plenamente integrada a la infraestructura urbana de la ciudad de
México. ”
En efecto, los límites actuales de Iztacalco encierran una suma de historias distintas.
Su territorio está, es cierto, completamente urbanizado, pero esa urbanización creció
sobre los terrenos de varias comunidades que intentan hasta la fecha mantener vivos
algunos rasgos propios que marcan y delimitan su identidad particular frente a la
ciudad que las ha absorbido.
En ese sentido, Iztacalco es una muestra simbólica de los rasgos típicos de nuestra
ciudad y aun de nuestro país: sus calles, sus casas, sus edificios, sus barrios
antiguos y sus inmensas colonias y unidades habitacionales son un ejemplo magnífico
de cómo la ciudad en algún momento de su historia perdió los estribos y se puso
a crecer sin control, al ritmo que marcaba la transformación económica del país.
Poseída por el entusiasmo de la construcción de una nueva idea de urbanismo que
nacía a su vez de una nueva idea de nación, la ciudad se pintó rápidamente del gris
de la industria. Absorbió las zonas rurales de los alrededores, los pueblos, los
campos de cultivo, los huertos, las chinampas, los ríos y canales, los terrenos
que alguna vez fueron parte de sus lagos, luego pantanos y potreros.
La llamada explosión demográfica -el crecimiento sin freno de la población- fue
una consecuencia paralela del crecimiento de la mancha urbana y sus industrias;
con la gente llegaron los problemas de vivienda, transporte, servicios...
y las distintas formas de intentar solucionarlos. Iztacalco, nombre de un territorio
que ahora es la delegación con la más alta densidad de población del Distrito Federal,
se convirtió en el espejo de lo que algunos llaman nuestra macrópolis.
Si la Ciudad de México logró fama de ser la más grande del mundo, Iztacalco puede
-si quisiera- presumir que tiene la gigantesca Ciudad Deportiva de la Magdalena
Mixihuca, la segunda zona industrial en importancia del Distrito Federal, el Palacio
de los Deportes. Grandes proyectos que reflejaron en su nacimiento una idea de desarrollo
y un proyecto social que intentaba dar soluciones espectaculares a situaciones que
se desbordaban.
Pero esta transformación tuvo costos inmensos para la misma ciudad: no sólo devoró
sus recursos naturales, su flora y fauna, y prácticamente acabó con el agua de sus
lagos, ríos, canales, ojos de agua y manantiales, sino que con ellos de paso terminó
con la forma de vida de las comunidades rurales que proveían sus mercados desde
tiempos prehispánicos.
Estas comunidades mantenían con la ciudad una relación ambigua, a la vez de simbiosis
y de resistencia. Todas ellas de origen prehispánico y población mayoritariamente
indígena, mantuvieron durante siglos formas de organización social existentes desde
el dominio mexica, que el gobierno colonial heredó al independiente con el nombre
de parcialidades.
La distancia que las separaba de la ciudad era de cinco leguas, mucho mayor que
su relativa cercanía geográfica. Con oficios íntimamente ligados a su entorno campestre,
formas de propiedad comunal y cultos locales, mantenían un orden propio coherente,
pero que se enfrentaba al de la ciudad española.
Mixiuhca, Zacatlalmanco, Iztacalco, después con los nombres añadidos de la Magdalena,
Santa Ana y San Matías, eran pueblos al sureste de la ciudad que ahora están casi
en su zona central. Pueblos de chinamperos que llevaban sus productos por el canal
de la Viga, y de paso le daban un aire florido y pintoresco que lo convirtió en
paseo favorito de los capitalinos.
Pueblos dueños de una historia propia, tuvieron que cederla junto con sus tierras
a la ciudad que veía en sus peculiaridades un tropiezo para imponer su orden particular,
el de la capital que es en todos los sentidos.
Ahora podemos intentar integrar esas dos historias que en un proyecto liberal de
país parecían mutuamente excluyentes. Esta integración es necesaria porque sigue
siendo en muchos sentidos una realidad viva: en las fiestas patronales, en la memoria
de los que todavía recuerdan cuando un proyecto popular -la restitución de ejidos-
cambió por otro -la construcción de la Ciudad Deportiva en esos mismos terrenos.
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